Esto pretende dar cabida a una serie de artículos de factura propia, que unas veces parecerán de ensayo y otras solo crónica, crítica —como no—, de una sociedad basada en clases —o castas, como se le quiera llamar—, que solo es utópica para quienes viven a costa de quienes no tienen para vivir.

30 de diciembre de 2006

Conferencia sobre déficit democrático

Me llena de satisfacción tener la oportunidad de pronunciar esta ponencia en el corazón en la Facultad de Derecho de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, justo cuando el proceso de aprobación de la Ley de la Memoria Histórica se encuentra en fase de debate en el plenario del Congreso de los Diputados. Ha sido un honor atender vuestra invitación y gozar de la hospitalidad de los camaradas del Foro de Debate Universitario Alejo Carpentier, que me han brindado la posibilidad de visitar por primera vez este continente de contrastes, diversidad e ilusión.

Hacía mención al trámite parlamentario de la Ley de la Memoria Histórica, porque, ya sea al calor de las efemérides, ya sea por compromiso electoral, interés partidista, o de cualquier otra índole, el caso es que no se puede negar la aparición de un fenómeno político de tan hondo calado social, que va más allá de lo que se ha dado en llamar “fiebre republicana”.

En efecto, de un tiempo a esta parte, la ciudadanía parece haber superado tanto el miedo como el hartazgo que tan bien cumplieran su misión desmovilizadora durante buena parte de los 80 y los 90, y, a través de una larga etapa de “crispación política”, que vino marcada por el acostumbrado griterío de cafetería y un constante desafío de la prensa a nuestra capacidad de asombro; a través de esta larga etapa –decía–, el pueblo parece haber llegado a dar un importante salto cualitativo en el pensamiento común: por primera vez en décadas, reaparece y se generaliza la costumbre de cuestionar el orden establecido. Se enciende la chispa del inconformismo, entendido como un descontento que supera el ámbito de los meros gestores de la Cosa Pública, y se extiende al propio marco legal.

No se trata solo de que nos hayamos dado cuenta de que hoy por hoy, la clase política está integrada casi en exclusiva por personas deshonestas; no se trata de una divergencia puntual entre los intereses de la clase trabajadora y la élite dirigente; es otra cosa, algo que va más allá, que es más grave y complejo: el ciudadano medio ha dejado de sentirse representado.

Esto es bueno, porque tras décadas de progresiva desideologización, desentendimiento y sensación de impotencia, nos encontramos ante una coyuntura política proclive al reverdecimiento de los valores del pensamiento ilustrado: urge volver a pensar, cuestionar todo, la duda como elemento central del análisis político. Hemos de abandonar la resignación y el pragmatismo, y retomar el gusto por lo utópico. Es imprescindible rescatar el valor de la honestidad en la vida pública. Llevamos demasiado tiempo sin referentes políticos de alto nivel, necesitamos personas con sentido de Estado y altura política.

Es un buen momento para la reflexión y la autocrítica, un buen momento para analizar con detenimiento y sinceridad el medio político que habitamos. “50 razones por las que España no es una democracia” no trata de ejercer la crítica como un fin en si misma, ni de enumerar asuntos sueltos como si no fueran parte de un todo. No se trata de mezclar para confundir u omitir con intención, ni de abogar por la inmediata consecución del 100% la utopía. Esta es una obra concebida para responder a la necesidad de empezar a hacer preguntas. Señalar sin miedo, como paso previo a la búsqueda de soluciones que traten de reducir el preocupante nivel de déficit democrático que aqueja a la práctica totalidad de las instituciones públicas en España. En este sentido, se trata de una obra que trata de aportar una visión crítica pero con finalidad constructiva, una crítica que –por sincera–, necesariamente debe ser serena y alegre, valiente y osada.

No cabe duda de que nos hallamos en un momento muy especial en la historia de los pueblos de España: ante nosotros se yergue un sinnúmero de desafíos de profunda trascendencia política, muchos de los cuales se precipitarán en cascada, en el próximo lustro:

No en vano, hechos inevitables como la sucesión en la jefatura del Estado, la aprobación de una Ley de la Memoria Histórica, el desenlace del proceso de paz entre E.T.A. y el Estado, la imposibilidad de ejercer el derecho al acceso a una vivienda digna a un precio razonable, la progresiva pérdida de poder adquisitivo del proletariado, la desaparición de la clase media, la integración de las personas trabajadoras inmigrantes, la coyuntura macroeconómica tras la escalada de tipos de interés, las pérdida de control sobre la política monetaria, el repunte de la represión de Estado, la militarización de la política exterior, y un largo etc. aumentarán considerablemente el nivel de inestabilidad política… resultando en escenarios políticos impredecibles, ante los que se debe recordar que jamás en la Historia el Capital ha permanecido impasible ante la pérdida de su posición dominante.

Repasemos algunas de las principales razones por las que resulta imposible clasificar como democrático al sistema político español de nuestros días:

1. En primer lugar, España no es una democracia, por la sencilla razón de que es una monarquía. Y no es de recibo intentar hacer valer argumentos como el de la “Monarquía Parlamentaria”, porque resultan un insulto a la inteligencia y una flagrante contradicción en términos. Es como hablar de “tiranía participativa” o “dictadura electa”. La monarquía es la negación del derecho de la ciudadanía a decidir sobre sus propios asuntos.

No hay diferencia entre dictadura y monarquía, por eso fue el propio golpista, criminal de guerra y dictador quien designó al actual monarca para sucederle al frente de su sistema inalterado. Por eso hace setenta años que no podemos elegir a nuestro máximo representante político… porque algunos pragmáticos sugieren que el suicidio político que supone votar sí a una constitución antidemocrática fue un acto libre, válido, legítimo y definitivo.

La monarquía es el símbolo de la injusticia política y social. La monarquía arbitraria, absurda y carente de todo argumento sostenible dentro de un debate serio. La monarquía carece de toda justificación que no sea la que pueda arrogarse mediante la conculcación de la justicia, a través de la fuerza o la amenaza con el uso de esta. Por eso, como ya hiciera don Manuel Azaña en su “Apelación a la República”, podemos afirmar que, con seguridad, el uso de las armas para amparar la existencia o continuidad de un régimen monárquico es un acto de terrorismo.

Si quien ostenta la jefatura del Estado es un político, y ese político hace uso de fondos públicos para sufragar la construcción de un palacio para su hijo, y todo ello al amparo de la Ley, entonces, podemos resolver que la monarquía es –como mínimo–, una forma legal de corrupción, que se caracteriza por la concesión arbitraria de inmunidad frente a los delitos de prevaricación, usurpación, tráfico de influencias y malversación de fondos públicos.

Una cosa es que el Ejército someta a la sociedad civil, obligándola a votar –sin alternativas, como corresponde a toda dictadura–, una Carta Magna que signifique un gran pacto de convivencia y concordia… y otra cosa muy distinta es que la mano derecha, el cooperador necesario, el cómplice y becario del finado déspota militar, permanezca tras la transición en la cúpula de los poderes del Estado. Hablar de transición cuando de lo que en realidad se está hablando es de una restauración monárquica, supone un ejercicio de embuste masivo.

Llamemos a las cosas por su nombre: desde el último golpe de Estado no simulado, el jefe de Estado de España es un militar, no-electo, vitalicio y hereditario en los primogénitos de una familia que fue excluida de la política con carácter permanente, por el pueblo de España, a través del apartado c. del artículo 70, de la Constitución Española aprobada por las Cortes el día 9 de diciembre de 1931.

Instituciones anacrónicas como la Corona –exponente supremo de la desigualdad–, no solo representan un problema, un estorbo y una permanente y grave malversación del dinero público, es en si misma un elemento des-legitimador del Estado, pues constituye una prueba palpable de la falta de seriedad de las instituciones públicas.

2. En lo tocante al segundo punto, y estrechamente vinculado al anterior: la mal llamada “Nobleza”, o “Grandeza de España”, se trata de un extemporáneo sistema de privilegios, que de modo inaudito parte de la tesis de que la dignidad se hereda. Así, descendientes de señores feudales; militares cuya dignidad no fue otra que la de hacer bien la cosa que se puede hacer con las herramientas de trabajo de un militar; clérigos con hijos; terratenientes en tiempos de hambruna y expresidentes del Movimiento, se contarían entre los casi cinco mil afortunados por esta lotería medieval, que aún en nuestros días, sigue otorgando sus premios en forma de rimbombantes y muy friquis tratamientos, asombrosas propiedades, la inscripción en un registro civil especial –pero oficial, ríanse ustedes–, y asistencia a fiestas en la corte –con cargo al erario público–, entre otras arbitrariedades. A modo de ejemplo: la familia del anterior jefe de Estado, sí, sí, ese Francisco que pasará a la historia en el mismo saco que sus colegas Benito, Adolfo y José, detentan uno de esos títulos nobiliarios.

3. A propósito de la transición: es mentira. No es legítimo igualar a asesinos y asesinados. Tras el fallecimiento del venerable asesino no rodó ni una sola cabeza dentro del estamento militar. Los cuadros jerárquicos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado quedaron igualmente intactos, con lo que la única esperanza de justicia que tienen los españoles es que con el paso del tiempo, la Madre Naturaleza se haya encargado de des-ensuciar de delincuencia esos enormes grupos de personas armadas cuyos sueldos pagamos entre todos.

No ha habido transición, sin ir más lejos, los papeles que firmaron durante años una legión de psicópatas con toga, siguen teniendo rango de sentencias en la actualidad.

El monstruo que ocupara la tenebrosa cartera de la Gobernación, y antes la de Información y Turismo, se dedica a enaltecer regímenes dictatoriales como el de su extinto amigo Pinochet, y para mayor sonrojo, desde un escaño del Senado de España, en pleno diciembre de 2006.

Desde la amenaza por escrito de 1978, el Estado ha tardado 27 años en asignar una partida presupuestaria para permitir la identificación de personas asesinadas mientras defendían el Estado de derecho, su dotación: 3 millones de euros, algo menos de la mitad de lo que todos los años se asigna para cubrir los gastos corrientes de la familia del sucesor de Franco.

¿Transición? En la parte central preferente, de la fachada principal del cuartel general del ejército del Aire, en el madrileño barrio de Moncloa, en Madrid, existe una placa de 12 metros cuadrados en la que sigue poniendo: “Francisco Franco, Caudillo de España”. ¿Alguien se imagina una situación análoga en la sede de la Luftwaffe o de la Aeronautica Italiana?

4. Otra gran razón para afirmar que no vivimos en un sistema democrático es la absoluta, total y manifiesta ausencia de Separación de Poderes. En España es el Legislativo quien elige entre sus miembros al Ejecutivo, y entre ambos renuevan por tercios cada seis años a los principales miembros del Judicial. Así, todo el mundo sabe bien qué partido propuso a cada vocal del Consejo General del Poder Judicial. Y lo mismo se puede decir del Tribunal Supremo o el Constitucional. Ello provoca situaciones como que, conociendo qué partidos ostentan las responsabilidades de gobierno en cada parte en litigio, se conozca de antemano el contenido de los fallos de las sentencias de estos órganos en el ámbito de la jurisdicción del contencioso-administrativo. Créanme, se entera uno de como funciona todo en una sola tarde. Y el margen de error tiende a cero.

¿Cómo podemos fiarnos de unos políticos que designan a los jueces y fiscales que –merced a su status de aforados–, un día podrían llegar a enjuiciarles? ¿Cómo es posible que desde el gobierno y a su conveniencia, se nombre y destituya al Fiscal General del Estado, sin ningún rubor?

5. Luego está el asunto de la falsedad institucional. Existen caladeros de altura para ballenatos moribundos, vacas sagradas y trepas acelerados. Instituciones que existen solo de nombre, órganos consultivos que actúan cuando nadie se lo pide ni les corresponde en Derecho… como nuestro legislativo de facto es unicameral, Cámara alta es en realidad un geriátrico de lujo, y ocasionalmente un buen escenario en el que lucirse… cuando la pista central del circo de la Carrera de San Jerónimo se encuentra ocupada o resulta hostil, se pasan algunos números de variedades al Senado, donde naturalmente la retórica no sirve para nada, puesto que hasta un niño con un ábaco sería capaz de aprobar y rechazar enmiendas transaccionales más impronunciables. Qué decir del Consejo de Estado… agradecerle al menos que comparta edificio con el Cuartel General de la Región Militar Centro del Ejército de Tierra… supone uno de los mayores ejercicios de transparencia imaginables. El Consejo Económico y Social (sobretodo el Central) es en realidad un mercado continuo de valores, donde las sociedades cotizadas no son sociedades empresariales, sino sociedades humanas autonómicas. Naturalmente, los socios no cuentan, cuentan los gestores.

6. Permanente atentado contra los más elementales principios de Austeridad, Transparencia y Control del gasto público. Pocas veces la clase política logra consensos tan rápidos y amplios como cuando se trata de aprobar incrementos salariales de los representantes políticos… centenares de despachos, coches oficiales, secretarias, viajes… la desproporción de medios y la ostentación pública son la norma común entre los dirigentes de todos los partidos.

Por no hablar del gasto en procesos electorales. O la situación de la financiación de los partidos políticos, acostumbrados como están a robar de modo cotidiano en los departamentos de urbanismo. Nuevamente, llamemos a las cosas por su nombre: cuando uno de nosotros compra un piso nuevo, al menos tres mil euros se destinan a las arcas del partido de turno.

7. Llegamos al apartado de la corrupción: la principal dolencia de nuestro sistema, es que el 95% de los profesionales de la política se mueven única y exclusivamente por parámetros de interés particular, que normalmente es sed de dinero, aunque a algunos lo que les pierde es “trepar”, a otros “pasar a la historia”, etc.

8. El artículo número 8 de la Constitución Española de 1978, se traduce en que España experimenta una situación de golpe de Estado permanente. La sociedad civil Española está secuestrada y permanece bajo amenaza. Un sistema democrático debería establecer que la función hostil del Ejército jamás puede dirigirse contra su propio pueblo. Como se ha dicho antes, nadie depuró responsabilidades en el seno Ejército a la muerte del dictador, ni siquiera para escenificar un paripé democrático.

9. Las promesas electorales se incumplen por sistema. En el interior de muchos partidos políticos no hay democracia, ni garantías, ni derecho a audiencia, ni meritocracia… todo es amigueo, en todas pertes.

10. El incumplimiento de amplios sectores de la Constitución Española de 1978 es otro factor determinante a la hora de dudar del supuesto carácter democrático de España. Aquellos artículos que no interesan, directamente se omiten. Derechos como el de acceso a la vivienda pública, la prohibición de especular; el derecho a la tutela judicial efectiva, el de la inmediata puesta a disposición de la justicia, los malos tratos a detenidos, la invención de causas judiciales en base a pruebas completamente ficticias… la inseguridad jurídica que se esconde detrás de la impunidad con la que el sistema judicial se pliega a los intereses políticos de turno –bien para reprimir, bien para criminalizar–.

11. En España se siguen cerrando periódicos, emisoras de radio y televisión, páginas web, se secuestran libros.

13 de diciembre de 2006

Coherencia Roja

INFORMACIÓN

El pasado martes 12 de diciembre, tuvo lugar el acto de presentación con el que la formación política Corriente Roja –que tanto interés suscita últimamente en medios alternativos–, ofreció una visión general de su situación, antecedentes y objetivos políticos, así como salir al paso de algunos de los entuertos más recurrentes, esclarecer dudas genéricas y atender las preguntas de la concurrencia.

Como se venía anunciando, el acto estuvo presidido por su portavoz más visible: Nines Maestro, a quien secundaron –por orden de intervención–, Mariano Pujadas, Luis Ángel Parras y finalmente, Tito.

Unos 50 asistentes

El evento, que contó con cerca de medio centenar de asistentes –entre afiliados, simpatizantes y público en general–, siguió los ejes esbozados en el programa que desde hace algunos días se encuentra publicado en la Red(1), cuya difusión ha ido pareja a la de la propia convocatoria del evento. Tras una breve intervención a cargo de cada uno de los cuatro ponentes, se abrió un turno de preguntas, que se mantuvo hasta satisfacer a la última de las cuestiones planteadas, siguiendo en todo caso los cauces de respeto y cortesía –no hubo ningún reventador–. Al término, se ofreció un generoso aperitivo casero, mientras ya en pie, corros de hasta seis personas prosiguieron con el coloquio de modo más distendido.

Y luego, a festejar la entrada de Pinocho en el Averno

De vuelta a la calle, muchos de los asistentes optamos por sumarnos a la concentración que se desarrollaba a escasos metros, frente a la Puerta del Sol, para celebrar la desaparición del golpista, criminal de guerra y dictador Augusto Pinochet, lamentar las reiteradas dilaciones en la instrucción de las causas penales dirigidas contra él, y denunciar la necesidad de que la justicia depure las responsabilidades a que hubiera lugar, no ya contra el máximo culpable del asesinato del presidente Salvador Allende, sino también contra el resto de su cúpula militar, los sucesivos gabinetes ejecutivos del gobierno ilegítimo y en general, contra todos aquellos que de un modo u otro hubieran incurrido en la comisión de atrocidades al amparo de la impunidad que les brindaba el régimen totalitario de los militares y la derecha chilena.

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(1) El documento se encuentra disponible en: esta web.




OPINIÓN

Tras escuchar a Nines, Mariano, Luis Ángel y a Tito, todo quedó muy claro: la saña con la que desde hace algunos meses vienen cebándose algunos de los más aguerridos caber-activistas contra todo lo que ‘huela a corrienterrojismo’, es perfectamente comprensible.

Los ataques contra Corriente Roja son lógicos, porque la verdad: si yo mismo compartiera las circunstancias personales de sus detractores, quizá terminaría por actuar como aquellos que se aferran al insulto vacío, o incluso a la descalificación personal, pero que se cuidan mucho de no adentrarse jamás en el campo del debate de los contenidos políticos. Ejemplos hay muchos, y están en la memoria de nuestras retinas. Si alguien lo niega alegando sincero desconocimiento, solo debe echar un vistazo a los exabruptos vertidos en los foros que acompañan al texto de muchas de las noticias y artículos de análisis relacionados con esta joven y fértil fuerza política.

Reservemos nuestra fuerza para el enemigo de clase, que no es Corriente Roja

Los militantes de cabeza y corazón deberíamos reflexionar con mayor detenimiento antes de caer en el fácil acto-reflejo de criticar al equipo visitante “porque sí, porque son ‘los otros’, y ‘en casa somos de tal equipo, manque pierda’, haga lo que haga, cobren lo que cobren, jueguen o no, entrenen o no”…

Seamos serios: esto no es el terreno de juego de ningún espectáculo de masas, pero lo cierto es, que de lo que estamos hablando es de disputar el mismo espacio político (la izquierda de verdad), con las mismas jugadoras y jugadores (el proletariado consciente de su clase), pero con otro cuerpo técnico (otras caras, otras formas de hacer, otras aspiraciones, otras ambiciones)… un cuerpo técnico escindido de aquel que sigue ostentando la titularidad de un club de renombre… pero también un cuerpo técnico que hoy por hoy, nada tiene que ocultar, que dirige un equipo joven que de momento juega bien, dan espectáculo y basan su buen juego en la instrucción y el trabajo, con modestia, pero respetando a la cantera, y a las socias y socios… y todo eso no es casual.

Más que disputar espacios, deberíamos jugar con el equipo al completo

En este sentido, lejos de defenderse atacando, Corriente Roja –en la voz de Nines–, se mostró conciliadora, e hizo un llamamiento a la reflexión, mostrándose como una fuerza que abre sus puertas a “cualquier camarada, organización política, sindical o social que comprenda que la recuperación de la izquierda revolucionaria en el Estado español es una tarea impostergable en el proceso de conformación de las resistencias al capitalismo”.

Si vuelve la izquierda no lo hará de la mano de quienes provocaron que ésta debiera volver

La clase trabajadora no puede permitir que se siga perdiendo el tiempo en falsos procesos de regeneración, cuya realidad solo busca satisfacer la ambición puntual de caciques aislados, a los que unas veces se liquida desde aquellos órganos cuya estabilidad se ve amenazada, y otras –las menos–, logran colarse en un Olimpo cuya comodidad les hacen cambiar de rol, pasando de jugar como atacantes a especializarse en defender la plaza. El eterno “ocupa y resiste” de una burocracia vanidosa y sobredimensionada, ajena a todo lo que considera exógeno, incluido su cometido primordial, que debería ser la defensa del proletariado.

A perro viejo, todo son pulgas

Una manzana puede sanar sus golpes y rozaduras, pero es incapaz de recuperarse del ataque de un gusano que logre penetrar en su interior. De igual modo, deberíamos desconfiar de quienes en mitad de Roma ardiendo, se alzan como defensores de la ilusión… atreviéndose a mancillar apellidos, siglas, libros y las pocas palabras que todavía no han perdido su significado original; incurriendo en la misma ausencia de ética que condujo a la presente desmovilización de decenas de miles de camaradas, y a una huida masiva del electorado.

Para que surja la vida, las aguas requieren corriente

Desconfiad de los pescadores en río revuelto –depredadores de saldo–, que tratan a sus camaradas como a presas de sus llamativos cebos, y no ven o no quieren ver que sus pies se encuentran embarrados en lo que ya no es sino un estanco putrefacto. Para que surja la vida, las aguas requieren corriente. Se precisa de buenas fuentes, hacen falta afluentes, caudal, fuerza, transparencia, dulzura… y no lo olvidemos, si queremos llegar a buen puerto, si queremos reabrir camino y erosionar las piedras colocadas con malicia sobre el lecho de nuestro río: cada gota cuenta.

El buen hacer no se improvisa. Los embustes masivos a la clase obrera tienen sus minutos contados, un discurso ‘cala’ cuando se ve respaldado por una incuestionable solidez moral e intelectual… y esa norma es tan buena hoy, como hace 2 años, como lo fue hace 85.

Talento, preparación y humildad, una mezcla difícil de encontrar

Las líneas que perfilaron el transcurrir de las diferentes ponencias en el acto de presentación de Corriente Roja, denotaban la existencia de una buena preparación marxista, unida a la capacidad para conectar con la realidad presente, y extraer análisis tangibles, realistas, cercanos a las preocupaciones y las circunstancias personales y familiares de la persona trabajadora de nuestros días. Nada de repetir frases hechas desconociendo su desarrollo y contexto original… nada de apropiarse del sufrimiento de camaradas que nos precedieron en la lucha, nada de ofrecer visiones extremistas rozando la utopía, nada de permanecer en el cómodo terreno de la corrección política y no atreverse salir de él, nada de esperar dos segundos antes de responder clara y directamente a las preguntas planteadas.

Se explicó la génesis del proyecto político, sin rodeos ni complejos… pero sin trasmitir rencor alguno. Se mostró la realidad de una fuerza que presume de una estructura flexible, de un funcionamiento directo y participativo, de una política que fluye en todos los sentidos, de su geométrico crecimiento territorial y de su organización interna.

Calado y solidez de los contenidos políticos

En cuanto a los contenidos políticos, se expusieron con precisión y claridad: República, Antiimperialismo –tanto el estadounidense como el europeo– y Unidad anticapitalista.

República, entendida como la superación del orden institucional burgués heredero del régimen franquista. República entendida como un proceso revolucionario hacia una auténtica democracia, es decir, la capacidad del pueblo para decidir sobre cualquier cosa imaginable: sistema económico (superar el capitalismo), organización del Estado a través de nuevas instituciones populares (separación de poderes), límites fronterizos (autodeterminación), protección de la soberanía (OTAN no, bases fuera; terminar con las ingerencias políticas del Estado de la Ciudad del Vaticano), verdadero respeto a los principios revolucionarios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, pacifismo, austeridad y transparencia en la gestión de las cuentas públicas, democracia directa, universal y participativa, etc.

Antiimperialismo práctico, efectivo y sin medias tintas: identificando con meridiana claridad su procedencia e instrumentos. Apostando por una política exterior que disminuya progresivamente la hegemonía de estadounidense sobre el conjunto del Planeta, y más en concreto en la defensa de los pueblos más damnificados por su acción colonizadora: los casos de Cuba y Venezuela, junto con Colombia, Palestina, Afganistán y tantos otros. Por otro lado, no se puede permanecer impasible ante el proceso construcción de una Europa basada en el modelo neoliberal, una nueva forma de imperio que se yergue no solo contra su propia clase obrera, sino que además constituye una formidable amenaza para aquellos pueblos que de un modo u otro, serían candidatos a alimentar un expolio sistémico diseñado para saciar a una reducida élite de insaciables.

Y por encima de todo: unidad anticapitalista, entendida como la reconstrucción de la unidad de clase, fortaleciendo la resistencia y la movilización frente a la precariedad, las expulsiones y la Ley de Extranjería, por los papeles para todos, contra los despidos, las regresiones en derechos, las deslocalizaciones, etc., es decir, por todos los derechos sociales y laborales para todo el proletariado.

Otros aspectos del debate político que se abordaron con naturalidad fueron el de la protección de la Naturaleza, la presencia y defensa del mundo estudiantil (sobretodo a la vista de la espada de Damocles que se cierne sobre la Universidad Pública, a raíz de lo que se ha dado en llamar el “Plan Bolonia”), los problemas relacionados con la dificultad para acceder a una vivienda digna, la creciente precarización e inestabilidad laboral, expuesta de casos concretos como el de Mercadona, los despedidos de la SEAT con la connivencia –cuando no la traición activa– de las actuales grandes centrales sindicales, o el caso de la criminalización de los trabajadores del aeropuerto del Prat, entre otros.

Ausencia de silencios

En ningún momento se evitó abordar temas que tradicionalmente son tabú en cualquier fuerza política, asuntos como la posición de Corriente Roja respecto a la lucha armada, al marco institucional, a su financiación interna, a la política internacional, a los conflictos laborales, a su relación con otras organizaciones, sindicatos y movimientos sociales… fueron tratados con normalidad, humildad y de un modo que no dejaba lugar a la duda, ni en cuanto a la seguridad de la respuesta, ni en lo tocante a la conveniencia misma de responder.

Y todas esas son cosas que se agradecen. ¿O acaso no habéis sentido nunca –hablando con el político profesional de turno–, que se os está vendiendo la moto? ¿Alguien se imagina a los representantes de cualquier partido –del nuestro, por ejemplo–, enfrentándose a la prensa bajo los efectos de alguna sustancia que les impidiera mentir?

Es la coherencia, estúpidos

Pero la preparación intelectual no fue el principal rasgo a la hora de definir las diferentes exposiciones… la característica común a todo lo que se pudo ver y oír fue la coherencia. La coherencia ética con el proyecto de izquierdas: la empatía hacia las inquietudes de la clase obrera, la genuina humildad del lenguaje –verbal y no verbal–, el respeto hacia quienes primero escuchamos y más tarde interpelamos a los organizadores, respeto en las formas y respeto en contenidos. En ningún momento se vislumbró ese pragmatismo hipócrita que tantas veces en nuestra vida hemos visto inundar el ambiente, en ocasiones hasta desplazar por completo al oxígeno.

Seré un sentimental, o quizá me estoy haciendo mayor, pero la verdad es que hablar de valores como respeto, coherencia y honradez, cuando se realiza el análisis de un acto político, es algo que no se ve todos los días… ni siquiera una vez por década. Y que nadie se lleve a engaño: quizá seamos tontos pero no demasiado, ni me siento utilizado, ni formo parte de Corriente Roja.

Y a quienes tratan de manipular militancia, amistad, miedo o ambición para convertirlos en cómplices del silencio, les diré, que más bien deberían preocuparse por su propia militancia, revisar su concepto de amistad, valorar sus propios miedos y moderar sus ambiciones. Yo jamás le impondría silencio a un amigo, ni le prohibiría pensar a un camarada. Quien lo haga, sabrá por qué.

Quien tenga interés en analizar a analista, léale. Váyase a las fuentes, cuestiónese todo, hasta llegar a conclusiones propias, evitando consumir pensamientos pre-cocinados.

El trabajo bien hecho, espanta a los tahúres

¿Qué temen quienes demuestran tanto empeño en desprestigiar a organizaciones como Corriente Roja, o el Partido Comunista de los Pueblos de España? ¿Qué están reconociendo en realidad, quienes afirman que se está en Corriente Roja para ‘prosperar’? Aquí podría citar el refranero, pero la verdad es que cuando la talla de los adversarios es como la que todos conocemos, responder no solo carece de mérito, sino que además es inútil e inelegante.

En política, las cosas no son tan fáciles como tildar de ‘anticomunista’ a todo aquel que nos moleste. El debate ideológico, la solidez de contenidos, la transparencia informativa, la construcción de un programa sincero y participativo… nada tienen que ver con la descalificación vacía. Cuando leamos u oigamos un insulto, preguntemos el por qué. Si sabemos de una acusación, pidamos pruebas. Porque de lo contrario, esto habría dejado de ser una sociedad civilizada.

A los tiburones arponeados y demás lobas heridas, les diría que recapaciten, porque el mundo es un pañuelo. La vida sigue, seguiremos viéndonos las caras por mucho tiempo. No hay como la reflexión. ¿Tan difícil es asumir que la mejor forma de llegar al propio bien, es hacerlo a través del bien de la comunidad? Me atrevo a pediros sentido de Estado –sin creer en él, si se quiere, entiéndaseme–, perspectiva histórica, altura política… hacer un exhorto a la honestidad política e intelectual.

Permíteme que sea simplista: ¿Quién es tu amo? ¿El patrón, tú mismo o el proletariado? Ahora piensa, elige y actúa con coherencia… y si es posible, con coherencia roja.

Celebro que la coyuntura crematística y pecuniaria de Corriente Roja en la actualidad, resulte inatractiva para burócratas, robaperas y otros parásitos de la clase obrera. Ojalá consigan mantener el espíritu revolucionario que hoy fluye por sus neuronas, y sepan afrontar el desafío de un crecimiento que redemuestra inversamente proporcional a la toma de consciencia de muchas y muchos camaradas vejados por la realidad de otros lugares, otros discursos, otras formas, otras caras y otras siglas.

8 de diciembre de 2006

Por qué reinará Felipe VI

Análisis de situación y perspectivas del movimiento republicano tras la manifestación del 6 de diciembre de 2006.

Aunque solo sea por unos minutos, dejemos de repetir la letanía que se nos impone desde cada parroquia, y recapacitemos con sosiego e independencia. Partiendo únicamente los hechos, tras la manifestación del 6 de diciembre de 2006, cabe concluir que tanto por la caída en el número de asistentes, como por las circunstancias que rodearon su organización y desenlace, se impone la necesidad de llevar a cabo una profunda reflexión acerca de dónde nos encontramos y qué pretendemos.

Recuerdo que el padre Matías solía repetir una y otra vez eso de “tener temor de Dios, presencia del Señor”… mas hete aquí que contrariamente a lo que el pobre podía esperar, sus palabras me llevaron a desarrollar una curiosa forma de empatía: la manía de cavilar qué es lo que pensará aquel que se propone controlarnos. Todo eso viene a cuento por que, en política, con demasiada frecuencia se nos olvida pensar en cómo se ven nuestras acciones desde la perspectiva de los oligarcas de la partitocracia, los “señores de la guerra” y en resumen, desde esa minoría de favorecidos por eso que llamamos el sistema capitalista.

¿Qué pensará Juan Carlos –el sucesor de Franco–, de que a una manifestación en defensa de la democracia asista menos del uno por mil de la vecindad madrileña? ¿Qué pensará el líder de la patronal al saber que las grandes centrales sindicales no convocan a la clase obrera para protestar contra la neodictadura? ¿Qué debe sentir el genocida que nos metió en Irak, cuando le dicen que quienes trabajamos por la consecución de un Estado de derecho invertimos el tiempo en tirarnos los trastos a la cabeza? ¿Qué pensará el lector-tipo de La Razón o El Mundo, el oyente de la COPE u Onda Cero, o el internauta de Libertad Digital o Hazte Oir, cuando recibe la noticia de que “unos centenares de radicales bramaron ayer por las calles de Madrid, contra la estabilidad constitucional de que disfrutamos”?

Pero esto no es lo peor, lo peor es imaginar lo que pensarán las personas a quienes pretendemos representar: ¿Qué imagen le damos a un obrero precarizado? ¿Qué puede pensar una joven inmigrante al ver a lo que nos dedicamos quienes se supone que deberíamos velar por sus derechos? ¿Qué sentimientos despertamos entre los estudiantes adolescentes que empiezan a formarse una idea de la política? ¿Qué sentirá al vernos discutir, una viuda exiliada que regrese a nuestras tierras?


¿Por qué le interesa un Felipe VI a la derecha?

Para la derecha, el principal riesgo de abrir un proceso que conduzca a un cambio en la forma de gobierno –que afecte al menos, a la jefatura del Estado–, está en la posibilidad de que un sector más o menos amplio de la ciudadanía intente aprovechar la ocasión para introducir cambios más profundos en la estructura y organización del Estado, cambios que supongan una reducción del déficit democrático y que –por tanto–, hagan peligrar la pervivencia del actual sistema de privilegios que tanto beneficia al capital. Adoran las tradiciones, porque creen que así nada cambiará.

La derecha –integrada por los defensores de lo arbitrario, para entendernos–, se siente fuerte en su cómoda posición actual: controla la economía, dispone del monopolio del terror armado, maneja el poder judicial a su antojo, determina qué debemos saber y que no conviene que veamos, utiliza sin rubor la carta del miedo, intenta reescribir los hechos históricos, ignora deliberadamente el sufrimiento de las víctimas que le son ajenas, y juega a capricho con las ambiciones particulares, con tal de no ceder en las aspiraciones colectivas.

El procedimiento es laborioso y exige medios, o mejor dicho: dinero, pero eso nunca ha representado una dificultad insalvable para el capital. Constantemente y de forma estudiada, los medios de comunicación de masas se dedican a jugar una partida que se basa en dos ideas muy simples: desprestigiar al movimiento republicano y presentar como bueno al sistema actual. Para ello no dudan en destapar la amenaza de una nueva Guerra Civil, con el fin de generalizar la idea del “Virgencita, virgencita, que me queda como estoy”. Guerra Civil, que, recordémoslo, no fue una auténtica guerra sino un atentado terrorista masivo, cometido precisamente por la jerarquía de quienes juraron defender al Pueblo, su Constitución e instituciones democráticas. Atentado en masa, que habría de convertir España en un pobre corral de muertos .

Desde la infancia se nos dice que la realeza es bonita. Todo eso de los cuentos de princesas encantadas, y príncipes apuestos, que cabalgan a lomos de blancos corceles mientras los labriegos trabajan en el campo, bajo la permanente visión de las murallas de castillo real y una iglesia gótica. Es un argumento literario maravilloso, pero lamentablemente no guarda ningún punto de conexión con la realidad presente. Toda esa mierda de los Caballeros de la Mesa Redonda no tiene nada que ver con las preocupaciones actuales de la clase trabajadora: la necesidad de un empleo estable, higiénico, seguro y con un sueldo digno; la exigencia del mejor sistema sanitario posible; la necesidad de dejar de atormentar a otros pueblos con nuestras armas, mentiras y barreras; lo imprescindible de garantizar el acceso a una educación pública, gratuita, laica y universal… todo eso no tiene nada que ver con los extemporáneos cuentos de hadas cuya culminación máxima se representa por un estúpido sombrero metálico llamado corona.

A diario nos arrojan su compuesto informativo, formado por una mezcla de prensa rosa y política: “mira qué bonita es la niña”, “qué inteligente parece ella”, “qué galán y que alto es él”, “qué campechano resulta el viejo”… todo eso, unido al estrepitoso silencio que impide que el pueblo llano sepa de cualquier información que pudiera resultar incómoda para la Casa Real, un silencio que va más allá de los medios de comunicación y tradicionalmente se ha extendido a campos tan sensibles como la redacción de los libros de texto o la definición de los contenidos pedagógicos en la enseñanza primaria. Sin duda, es la reedición de la vieja sentencia que reza que no se puede desear lo que no se conoce . Todo ello dibuja un panorama desinformativo que nos permite afirmar con rotundidad que hoy por hoy, en España, la realeza es irreal.

Como ya se ha dicho alguna vez: lo del rey es lo de menos, lo peor del régimen no es el detalle de que por encima de los políticos electos permanezca un militar designado a dedo por un genocida… lo peor de todo son las estructuras de poder que subyacen en la actual Constitución: una confusa mezcla de amenaza militar, falsedad en el procedimiento de elección, fusión de poderes legislativo, ejecutivo y judicial, perversión de lo que deberían ser las figuras-clave en verdadera democracia: como la designación “controlada” de la fiscalía general del Estado, del defensor del Pueblo, de los miembros del Tribunal Constitucional, de los del Supremo, el mantenimiento de tribunales de excepción como la Audiencia Nacional, el nulo control efectivo del servicio secreto, la existencia de un legislativo unicameral –nos digan lo que nos digan–, la perpetuación de la corrupción, la ignominia de la financiación de los partidos políticos, la persistencia en el uso de torturas, el sometimiento y la instrumentalización de la judicatura bajo los designios del capital, a través de los partidos mayoritarios, y un largo etc.

Ese es el verdadero régimen neofranquista que bajo el disfraz de monarquía, se nos pretende vender como democracia coronada, o monarquía republicana. Hablar de República no significa solo destronar a un señor feudal que se lo ha montado muy bien para llegar hasta nuestros días. No. Lo que está en juego es la desaparición de un sistema injusto, que hace posible que el Estado sea un títere en manos de doce psicópatas y unos diez mil ambiciosillos.

Todo, con un fin: conservar es bueno. Que nada, ni nadie alteren este sistema de privilegios que justa o injustamente tanta comodidad proporciona a unos pocos (a los que por algo se les llama conservadores). La razón no importa, pues como algunos han llegado a reconocer: “para eso ganamos una guerra”.


¿Cómo ayuda la izquierda a la coronación de Felipe VI?

A pesar de la tendencia a matar al mensajero, un poco de autocrítica no nos vendría mal: hay muchas cosas que no hacemos bien, y si no estamos dispuestos a reconocerlo, mal podremos enmendar nuestros errores. Como en las matemáticas, analizar un problema puntúa al menos como la mitad de su solución, es más, supone un paso previo ineludible y en nuestro caso, es además un ejercicio de honestidad política: si estamos dispuestos a realizar un análisis, debemos afrontar la posibilidad de que alguna de las conclusiones del mismo resulte crítica o desfavorable respecto de cómo tratamos de lograr nuestros objetivos.

Lo primero: hacemos mal en ir por separado. Por muchas razones, pero fundamentalmente porque con el sistema electoral vigente, cuando se divide una fuerza política, la suma de cada una de las dos partes resultantes es inferior al conjunto original ¿Por qué? Habría que haberle preguntado a Victor d'Hondt, cuyo desproporcionado método de reparto de escaños inspiró a nuestros audaces legisladores.

Huelga añadir que toda escisión política implica dedicar esfuerzos a improductivas luchas intestinas, cuando en lugar de ello, se supone que se deberían utilizar todas las fuerzas para la defensa más eficaz posible de aquello que un día llevó a unos y otros a intervenir en política: la búsqueda de un mundo mejor, más justo, libre, igualitario, fraterno, democrático, pacífico, autodeterminado, austero y laico.

Nos equivocamos también al creer que la República es solo de izquierdas. Una República en la que existan condiciones sistémicas que imposibiliten el que la derecha pueda acceder al gobierno, no sería una auténtica democracia. Se puede concebir una República Socialista, sí… pero solo por cuatro años (renovables). Deberíamos tener muy claro que un régimen que impida que una determinada opción ideológica acceda pacífica y limpiamente al poder no puede ser llamado democracia. Naturalmente, deben existir mecanismos como la limitación en la capacidad de gasto electoral, que contribuyan a reducir la diferencia de potencial mediático existente entre las diferentes opciones políticas y los grupos de interés que las apoyan, pero el Estado no puede tener un apellido ideológico permanente. Yo no quisiera ser ciudadano de una República Neoliberal, pero tampoco de una República Comunista. Las instituciones del Estado deben ser neutras, y estar sometidas en cada momento al dictamen de la fuerza más votada, sea la que sea. Esto no solo es importante para garantizar la estabilidad del sistema una vez constituido, sino que afirmarlo, supone un ejercicio de honestidad democrática que contribuye a deshacer muchos de los argumentos falaces con los que los sectores más ultra-conservadores intentan atemorizar a la población.

Otro gran error de la izquierda, es que hacemos mal en plantear como irrenunciables posiciones claramente inalcanzables: hay que desearlo todo, sí, pero no se puede alcanzar un décimo piso sin pasar antes por el quinto, a menos que pretendamos volar o volarlo, y lo cierto es que no necesitamos ni más trepas, ni más voladuras. Debemos tener los pies en el suelo, e ir a por el todo, pero paso a paso. Esto no significa abogar por un falso reformismo, solo una completa ruptura democrática puede acabar con la estructura de un sistema dictatorial disfrazado, como el que predomina en buena parte de Occidente, y en particular aquí, en esta parte de la península que no es Portugal. Debemos ser capaces de hacer concesiones tácticas, de renunciar por el momento a lo no esencial… estar dispuestos a ceder un poco, para alcanzar unos acuerdos mínimos, que nos permitan avanzar hacia escenarios mejores para el conjunto de la ciudadanía. Y desde allí, ir siempre a por más, sin violencia, pero sin límite.

Hacemos mal en no disponer de referentes identificables, y permitir que los que tenemos sufran más y más erosión de los medios. Nos unen la defensa de los Derechos Humanos y la tricolor, sí, pero ésta se ve una y otra vez vejada y manipulada sin el menor conocimiento ni respeto hacia los valores cívicos que representa, ni al elevado número de vidas humanas sacrificadas por su defensa. Deberíamos unirnos, y elegir periódica y democráticamente a personas honestas y respetables que nos permitieran disponer de caras públicas, con nombres y apellidos, quizá la idea de la representación cause rubor a más de uno, pero el juego político funciona así: el pueblo debe reconocer ideas vinculadas a nombres, imágenes, eslóganes y fuerzas políticas concretas, de lo contrario, todo se disuelve en una amalgama difusa y amorga, como la presente. Y no es seguidismo sino simple organización democrática, pues cien necios puestos en montón no hacen una persona de talento .

Además, hacemos mal en no predicar con el ejemplo. ¿Cuántos de quienes conocen bien el funcionamiento interno de las diferentes organizaciones que componen la izquierda se atreverían a pasar la prueba del polígrafo al afirmar que sus partidos son ciega, total y absolutamente democráticos? ¿Qué porcentaje de profesionales de la política de izquierdas pueden permanecer 24 horas sin mentir en ningún momento? ¿Y una semana? ¿Quién está dispuesto a sacrificar su carrera política a favor del Bien Común? ¿Cuántos seguirían “en esto”, aún a riesgo de correr la misma suerte que nuestros padres y abuelos?

Nos equivocamos al no atraer a sectores sociales más amplios. No podemos prescindir del mundo de la cultura, no ya para utilizarles a modo de señuelo o reclamo con el que atraer a la concurrencia a un acto público. Me refiero a una cosa bien distinta: necesitamos tender puentes entre la clase política, la sociedad civil y la intelectualidad. Buscar pensadoras comprometidas, actores verdaderamente demócratas, escritoras sin complejos, pintores locos de bondad, escultoras que den forma al pensamiento, músicos de alegría consciente… sin falsos elitismos, sin idolatría ni vacío afán de protagonismo.

Debemos también recuperar la ilusión militante de aquellos a quienes llevamos años desmovilizando con nuestra estúpida ambición. ¿Cuántos obreros comprometidos cayeron víctima de algún necio que temía perder su plaza de liberado, su bastón de regidor o su acta de diputado? Debemos recuperar la honestidad como valor, a nivel de íntima convicción, porque sin duda eso tendrá alcance en nuestra esfera pública. Debemos comportarnos como verdaderos demócratas, porque es inútil defender algo mediante procedimientos contrarios a lo que tratamos de conseguir. La verdadera honestidad muchas veces genera indefensión… uno queda expuesto a la ambición de los demás… la tentación está ahí… a veces parece que siendo un cabrón se pueda conseguir más, antes… pero es una ilusión. Sin coherencia, solo nos quedará un manto de hipocresía que a duras penas servirá para ocultar la peor forma del fascismo: aquella que dice ser justo lo contrario de lo que realmente piensa y hace.

Erramos al caer en el sectarismo, para empezar, utilizándolo como arma arrojadiza, tachando a los demás de sectarios con el fin de favorecer a nuestro propio sectarismo. Tampoco se debe confundir el apego con la idolatría, ni debemos permitir que la lealtad por otra persona o hacia unas siglas, permanezca por encima de nuestra capacidad de discernimiento. No importa el pasado, cuando los hechos cambian (u ofrecen visiones que hasta ahora desconocíamos), debe también cambiar nuestra percepción sobre los mismos. No hay que establecer vínculos entre discrepancia y odio irracional. No debemos aplaudir a nuestro equipo haga lo que haga, porque esto no es el fútbol, sino la política. Aquí no estamos para dar espectáculo, ni para crear afición. Estamos para combatir la injusticia, tenga la forma que tenga, y eso requiere tolerancia. Superada la forma más elemental de tolerancia –que es la que nos lleva a aborrecer de la violencia–, debemos además ser capaces de ir más lejos, y tratar de convivir y llegar a acuerdos con grupos e individuos cuyas ideas no coincidan plenamente con las nuestras, porque solo así conseguiremos cumplir con nuestro cometido en pro de una sociedad más justa.


¿Hay algo que la izquierda haga bien?

Bueno, al menos estamos debatiendo, existimos porque razonamos. Nos adaptamos a escenarios cambiantes. Mantenemos cierta capacidad de movilización. Seguimos siendo más los oprimidos que los opresores –pese al tremendo síndrome de Estocolmo que acusa una parte de nosotros–. No disponemos de excesivos medios, pero contamos con la razón de nuestro lado: en su esencia más básica, defender la capacidad del Pueblo para decidir sobre los asuntos que le afectan, tiene que ser necesariamente justo. Abogar por los derechos de las clases más necesitadas no puede ser ni erróneo, ni malo. Pretender el cumplimiento efectivo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos supone estar en el lado opuesto al de los fascistas, y eso, ya lo tenemos ganado.

Hay más cosas que la izquierda hace bien. Precisamente, nuestra principal debilidad es también nuestra mejor ventaja: somos diversos, plurales, de izquierda es cualquier pensamiento que favorezca el interés de los más humildes, y eso implica una riqueza ideológica que engloba la mayor parte de sensibilidades políticas existentes. Ahora, solo debemos ser capaces de dar cauce a esta variedad ideológica, para encontrar un nivel común mínimo, que haga posible la Unidad Anticapitalista.

Y más aún: con el paso de los años la izquierda ha sabido extirpar de su seno los vestigios más oscuros de etapas pasadas de la civilización, como la negación de la mujer, la exclusión social de los afectados por determinadas dolencias, el odio étnico, cultural y religioso, la discriminación de las minorías por orientación sexual o identidad de género… aspectos todos ellos en los que la derecha todavía tiene mucho que avanzar.

La izquierda –concretamente, la socialdemocracia más aburguesada–, ha conseguido hacerse con el control del sistema institucional, aunque sea con el concurso de opciones nacionalistas y sin rebasar la barrera psicológica de las tres quintas partes del legislativo, que otorgan la llave de la reforma constitucional (reforma que debería empezar por la completa derogación de la Carta Magna y conducir a la inmediata apertura de un auténtico proceso constituyente, sin límites ni exclusiones). Porque se quiera o no, el PSOE también es izquierda, quizá una izquierda relativa, desnaturalizada respecto a su fundación como partido, con su cuota de estómagos agradecidos, su connivencia con el capital, y maniatado por un incomprensible miedo a pedir lo necesario… pero a fin de cuentas, el PSOE forma parte de la izquierda.


¿Cómo evitar convertirnos en súbditos de Felipe VI?

Aquí es donde cada persona debemos agudizar el ingenio y volver sobre nuestras raíces ideológicas para atrevernos a decir lo que pensamos, y a hacer lo que decimos. Y por si alguien lo ha pensado: no, pedir la nacionalidad en otro país no vale. Nuestra República requiere de personas serenas y alegres, valientes y osadas, que actúen con independencia, honestidad y altura política.

Deberíamos recuperar el espíritu del Frente Popular –de igual a igual, con sincera voluntad de vencer a los partidarios de lo injusto–; deberíamos atraer al mundo de la cultura –darnos cuenta de lo que representan personas como Carlos Taibo, James Petras, Rosa Regás, Ignacio Ramonet o Juan José Millás–; deberíamos consensuar una declaración de mínimos democráticos que pudiera ser aceptada por fuerzas como el PSUCviu, el PCPE, el PSOE, Batasuna, ERC, CR, CHA, el PCE, IzCa, IU, Yesca, IR, EV, CC, IC, NB o incluso CiU, EJA y el BNG; una Declaración de Mínimos Democráticos, que debería incluir entre otros aspectos la defensa de la clase obrera, el respeto al dictado de las urnas, la renuncia a la violencia como instrumento de política nacional, la unidad de acción, el reconocimiento del derecho a la autodeterminación, el deseo de un marco que garantice la separación, transparencia y autocontrol entre los diferentes poderes públicos, el laicismo y la austeridad como norma de gestión; deberíamos plantear un gran acuerdo programático cuyo eje central fuera la persona trabajadora, sus derechos y su dignidad; deberíamos ser capaces de recuperar la ilusión de la mayoría, trabajar para conseguir el pleno empleo, y que las condiciones de vida de la persona que ocupara la presidencia de la República fueran idénticas a las del más humilde de los miembros de la clase obrera.

Es imprescindible recuperar la ilusión, olvidar el odio y rehabilitar la memoria de quienes lo dieron todo por la defensa de la democracia y un orden auténticamente constitucional.

¿Qué hacer? Leer, ver, oír y reflexionar con independencia. Dudar y cuestionar todo. Cultivar la diversidad sin caer en la diferencia. Apostar por una unión sin fusión. Superar la cultura del pin en la solapa y la declaración bonita, para atrevernos a llegar más lejos y reclamar auténtica democracia aquí y ahora, no para gobernar por el fin mismo del ejercicio del gobierno, sino con verdadera voluntad de hacer posible lo que además de necesario es cada vez más urgente. Para ello hace falta votar a personas honradas, cuyos pasos estén guiados por una genuina vocación de servicio a los demás.


Conclusiones

Felipe VI reinará –o al menos iniciará su reinado–, para satisfacer al interés del capital, para garantizar que nada ponga en riesgo la continuidad de un sistema basado en lo arbitrario, en una injusticia generalizada que se vale de los medios de comunicación para extender la ilusión de que la monarquía es buena, y si me apuran, bella.

Habrá un Felipe VI porque de momento somos incapaces de unir nuestros esfuerzos para avanzar en beneficio de las clases más desfavorecidas. Nos alarma saber que en la India todavía existe un sistema de clases, y parecemos ignorar que desde hace setenta años, permanecemos bajo el mando de un militar, no-electo, vitalicio y hereditario. Nuestras leyes siguen amparando la existencia de un registro civil especial para los títulos de la nobleza y lo que se ha dado en llamar “grandes de España”. La constitución vigente contiene frases que suponen una amenaza para la sociedad civil, lo que es lo mismo que afirmar que en España vivimos bajo un permanente golpe de Estado.

Tenemos rey para rato, porque somos incapaces de unirnos siquiera durante un par de meses, para restablecer un Estado democrático de derecho. Se puede aceptar la inacción por miedo, pero no por negligencia organizadora ni por falta de capacidad para el diálogo.

Tranquilo Felipe, o tus vecinos y amigos de la carretera de la Coruña hacen muy bien su trabajo, o es que somos medio tontos, e incapaces de juntarnos incluso para protestar por algo que a todos nos oprime por igual, como la injusta existencia de tu puesto de empleo (y todo lo que ello supone).

¡Salud y República!


Jaume d'Urgell
Madrid, 8 de diciembre de 2006

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